Arturo Ponsati ¡Además, un hombre que cultivaba el humor!
Autor: Altilio Vicente
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A principios de 1999 circuló una extensa nota de homenaje a Arturo Ponsati, un cristiano comprometido, académico, legislador, jurista riguroso, filósofo y, por sobre todo, un hombre de bien, poseedor de una honestidad que sólo es propia de quienes caminan por la vida con la frente alta y la mirada limpia.
La mencionada nota estaba firmada por Carlos Castillo Peraza (1947-2000) un mexicano devoto del pensamiento mariteniano y seguidor de las colaboraciones académicas de Arturo en diversas publicaciones. A través del mencionado escrito, Castillo Peraza efectúa un panegírico de la personalidad del pensador tucumano y, lo hace, no ya desde la severa cátedra del profesor sino, a partir de la reconocida vena humorística que, hacía de Arturo Ponsati, el interlocutor ideal para largas tenidas literarias no exentas de un regocijante humor, plagado con infinidad de historias y anécdotas provincianas.
El extenso trabajo original se perdió en el espacio virtual que nos brinda Internet y nos ha sido imposible recuperarlo pero, afortunadamente, hemos podido rescatar una síntesis del mismo, publicado por la revista Reunión /4 de 2002, órgano de la Fundación Jacques Maritain. La siguiente es la trascripción de dicho artículo.
"En el año que recién terminó -1998- falleció Arturo Ponsati. Fue un jurista, legislador, político y filósofo católico argentino que, desde su juventud participó con valentía ejemplar en batallas pacíficas de toda índole, armado de su talento y protegido por su buen humor. Yo leía algunos de sus textos en la revista Notas y documentos, que editan en Caracas, Venezuela, un grupo cuya amalgama está hecha de amistad añosa y bien probada, y de lectura y discusión sistemática del pensamiento de Jacques Maritain, el célebre francés que tanto influyó en la modernización política del catolicismo, a partir de la consideración de la obra entera de santo Tomás de Aquino. Arturo Ponsati estaba vinculado al círculo caraqueño, participaba las más de las veces a distancia en sus meditaciones y enviaba desde el sur sus reflexiones.
Pasaron muchos años durante los cuales sólo supe de Ponsati por aquellos textos, y por algunas noticias que acerca de él y de sus andanzas, recibía de amigos australes como el uruguayo Alberto Methol Ferré, el argentino Horacio Moavro, el chileno Fernando Moreno o los venezolanos Enrique Pérez Olivares y Guillermo Yepes Boscán, colaboradores constantes, los dos últimos, de la revista mencionada, de cuya edición en castellano son heroicos sostenedores y productores.
Conocí personalmente a Ponsati, por fin, en enero de 1994. Coincidimos en Santiago de Chile. Participábamos en una reunión de la Internacional Demócrata Cristiana, cuyo propósito -finalmente frustrado- fue el de discutir y actualizar los principios doctrinales de ese movimiento. Coincidimos allí europeos de origen italiano, alemán belga, holandés e hispano, así como latinoamericanos de cuna venezolana, chilena, argentina, uruguaya, colombiana, costarricense, panameña, guatemalteca, cubana, salvadoreña, ecuatoriana y mexicana. Había también mujeres y hombres de raigambre cultural y nacional distintas: islámicos, budistas, filipinos cristianos y musulmanes, centroeuropeos recientemente liberados de los regímenes totalitarios, socialdemócratas y uno que otro despistado estadounidense..
Cuando el gafete (referencia a la insignia identificatoria de uso común en Congresos y Convenciones. NdelE) me informó de la presencia inmediata y del nombre completo de Ponsati, le confesé de inmediato mi intermitente pero devota voracidad por sus textos. Le conté que me había tomado la libertad de reproducir alguno de aquellos en publicaciones mexicanas. Arturo era para entonces un hombre mayor y transformó rápidamente mi admiración en broma, como prólogo para invitarme a tomar un café. Lo acompañaba un paisano suyo, de análogas raíces culturales y semejantes ajetreos políticos, compañero en las buenas de la democracia y en las malas de los diversos militarismos.
Nos sentamos a la mesa, a unos pasos de la sala de plenarios donde agonizaba una discusión que nunca llegó a comenzar, ahogada en prólogos de procedimientos y triviales mezquindades. Imaginé que Ponsati no llevaría en las alforjas más temas que los filosóficos, los jurídicos y los políticos. Me equivoqué. Feliz error, pues me produjo el obsequio de una persona rebozante de simpatía, millonaria en anécdotas bajo su porte severo y, su atuendo modesto, y detrás de unos lentes de gruesos cristales.
La tertulia derivó hacia los epitafios inspirados por la fúnebre musa festiva de vena latina, así como a poemas de humor y veneno destinados a algunos vivos. Arturo recordaba decenas. Uno de los fúnebres, que según Ponsati fue recetado a un obispo fallecido muy antaño en sus lejanos pagos gauchos rezaba así: Aquí yace Juan Basulto bien sepulto en este osario. Fue niño, joven, adulto, pero nunca necesario. La pizca de irreverencia -que pensé imposible en personaje tan serio- se transformó en carcajeante picardía cuando nos declamó otro verso más largo que el primero. Ponsati nos dijo que halló grabado en lápida de mármol dedicada a una dama que murió soltera y virgen, y que en su vida padeció mucho por extremadamente delgada y tristemente tuerta: "Aquí yace Estefanía, muy escuálida mujer, que aguja bien pudo ser pues sólo un ojo tenía. Flaca, esqueleto de alambre, en torno a tus huesos vanos yacen también los gusanos: es que murieron de hambre".
Departimos un par de horas. Nos topamos varias veces más en la capital chilena. Nos despedimos. Seguí leyendo sus ensayos, ahora no sólo con el placer que generaban a la inteligencia, sino con el buen sabor de boca y corazón que me producía saberlos sazonados por el humor de un hombre que era más que sus escritos bien meditados y mejor razonados. No nos volvimos a encontrar. No puedo imaginar cual es el epitafio que sus amigos cincelaron sobre su tumba
La misma revista que me hizo saberlo vivo me informó que había muerto.
