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EUROPA, O LA CONCIENCIA QUE NO PUDO SER

Autor: Riego de Moine Inés

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¿Qué puede decir una latinomericana sobre Europa que no haya sido ya dicho desde este lado del Atlántico en el gran concierto de voces públicas en que nos insertamos quienes bregamos por una filosofía encarnada en la persona? ¿Qué otra mirada es posible en esta encrucijada de la humanidad en donde difícilmente se pueda perder de vista la “reciprocidad de las conciencias” (Maurice Nédoncelle), que revierte en “reciprocidad de las vidas”, de pueblos y de naciones del mundo entero? Precisamente hoy, con el escenario de la crisis financiera mundial como fondo patético -¡por fin la ironía de una crisis que parece inquietarnos de verdad a todos!-, venimos a preguntarnos por enésima vez: ¿dónde va Europa?, ¿dónde va América?, es decir, ¿dónde vamos todos en este Occidente que supimos concebir? Y ¿cuáles son los signos de los tiempos que nos advierten sobre el por-venir que tanto tememos y que en forma de amenaza (o esperanza) ya se halla instalado entre nosotros? Saber interpretar para saber hacer.
“En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: ‘Cuando veis que una nube se va levantando por el occidente, enseguida decís que va a llover, y así sucede. Cuando el viento sopla del sur decís que hará calor, y así sucede. ¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto del cielo y de la tierra, ¿cómo no sabéis interpretar los signos del tiempo presente? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que conviene hacer?’ ” (Lc 12, 54-57).
Edmund Husserl nos advertía en una conferencia de 1935 que “las crisis europea radica(ba) en una aberración del racionalismo” y que, por ende, -concluía- se necesitaba una filosofía que ejerciera “el papel de cerebro de cuyo funcionamiento normal depende la verdadera salud espiritual de Europa”. Pero esa filosofía directriz nunca existió, las Weltanschauung -visiones del mundo- se rompieron como pompas de jabón, el nihilismo se apoderó de las conciencias y los corazones, y el racionalismo condujo por su hartazgo a los fundamentalismos y totalitarismos de todo signo: he aquí una Europa herida y enferma desde la conciencia de su propia crisis, una crisis ¿que lleva ya cuánto…? Han pasado décadas desde esta afirmación del padre de la fenomenología, cuando aún no se avizoraba la posmodernidad ni la globalización ni todos los “post” que hoy intentan narrarnos: ni el pensamiento único heredero bastardo de los macro relatos, ni esta humanidad post antropo-teo-céntrica hija de la gran conciencia que no pudo ser. Europa creyó en la promesa de la modernidad, creyó que con el despertar de la conciencia racional bastaba, y no alcanzó a ver a tiempo su propia crisis de identidad que arrastraba con ella a sus fieles compañeros de ruta: el sentido, el humanismo y la mismísima fe cristiana.
¿Por qué afirmamos que la conciencia no pudo ser? Porque, finalmente, luego de cinco siglos de maduración de una racionalidad que se manifestaba en la magnífica  “conciencia pensante” fruto del casi inexpugnable ego cogito cartesiano dador de “sentido”, Europa amanece al siglo XX despertándose de un sueño que no pudo alcanzar: tras el paso de Nietzsche, Marx y Freud, y lúcidamente anticipada por Kierkegaard, ya nada pudo ser pensado igual respecto al tema de la conciencia, pues, en palabras de Paul Ricoeur, “los tres se erigen delante de él (el filósofo) como los protagonistas de la sospecha, los que arrancan la máscara. Ha nacido un problema nuevo: el de la mentira de la conciencia, el de la conciencia como mentira”. El estatuto de la conciencia se desploma, no puede mantenerse en pie, aparece en escena la sombra gigantesca del inconsciente (Sigmund Freud) que nos lleva al umbral del fracaso de la conciencia, por el que ésta reconoce su propio límite advirtiendo que la certidumbre absoluta de sí no era más que mera presunción, vanidosa presunción de un ego demasiado inflamado e incapaz de ver lo que ocurría a su alrededor.
¿Qué ocurría? El sentido se esfumaba, reverberaba como espuma blanca sobre las olas profundas del inconsciente (Michel Foucault), el humanismo perdía su carta de ciudadanía porque no había metafísica que lo avalara ni antropología capaz de sustentar una idea de hombre que convenciera a todos (Martin Heidegger), y todo ello en medio de una feroz crisis de fe cristiana que aún pretendía sostener los pilares anímicos de Europa. Ya lo sabemos y es lo que los profetas de la época supieron ver y decir: mientras Emmanuel Mounier en Francia leía La agonía del cristianismo del español Miguel de Unamuno, él mismo lo corroboraba escribiendo La cristiandad difunta, y décadas más tarde el peruano Alberto Wagner de Reyna confirmaba, cual humilde panfleto que se tira en las calles, La poca fe, la nuestra, tan actual como consabida, herida por todos los flancos pero mostrando desde su vulnerabilidad la fuerza indestructible de su mensaje salvífico.
Pues a tantas crisis y caídas (las imaginamos siempre de crecimiento, miradas bajo la compasión de la esperanza), a tanto intento fallido, a tanto dolor acumulado, una nueva capacidad emerge para ver en medio de las cegueras, una nueva hermenéutica de la realidad que se asoma tímidamente en el horizonte europeo bajo el nombre de filosofía dialógica en Alemania y de personalismo en Francia. Aparece en escena un nuevo protagonista que desplaza a esa conciencia que no pudo ser: es “el otro”, “el tú”, visto bajo la impronta del amor, el encuentro, el derecho y la responsabilidad que se abren casi por arte de magia a su servicio, o quizás por esa divina gratuidad que solemos olvidar. La síntesis de lo que vengo a dejarles como recordatorio de este corto análisis se la debemos a Miguel Jarquín: “La conciencia se fue de espaldas, el sentido cayó de rodillas para que se pusiera de pie la responsabilidad”. Ya sabemos que no cabe la algarabía insensata de las trompetas, pero sí la celebración de esta esperanza que hace avizorar un futuro que se abre como promesa a vuestra Europa. Ella tiene de suyo todo el potencial para ponerse a trabajar por humanizar a cada ser humano, aprovechando la oportunidad de sus peores crisis: a no olvidar que sólo el camino de las noches oscuras conduce a la claridad del alba.
Y por si todavía cabe alguna duda, sabed que esta simiente de conversión europea viene fecundando de modo continuo y silencioso a Iberoamérica, ya habitada por el “tú” desde los arcanos de su lengua, y que por ende no hay lugar para lamentaciones ni dimisiones de vuestra parte. Antes bien, si de verdad decimos creer en la reciprocidad de vidas y conciencias, cada cuota de responsabilidad y cada cuota de amor vuestras redundará en cuantiosos dividendos de vida para esta humanidad común que aún tiene mucho que aprender de aquella conciencia que no pudo ser. Pues justamente su no poder viene gestando el alba del mayor de los poderes silenciosos de este mundo: el amor hecho servicio en acciones responsables, en “obras que son amores” según el decir místico de Santa Teresa de Jesús.

Notas:

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 Husserl, E.: “La filosofía en la crisis de la humanidad europea”. En Invitación a la fenomenología, Ed. Paidós, Barcelona 1992, pp. 110-111.
 Ibid.
 Ricoeur, P.: El conflicto de las interpretaciones. II Parte, Ed. La Aurora, Buenos Aires 1984, p. 5.
 Jarquín, M.: La persona con discapacidad intelectual: el hermano. Ed. Fundación Emmanuel Mounier, Colección Sinergia, Madrid 2006, p. 75.
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