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Economía Civil: eficiencia, equidad y felicidad pública

Autor: Zamagni Stefano

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El presente artículo resume un conjunto de ideas y conceptos vertidos por el profesor Stefano
Zamagni en Buenos Aires, al presentar su libro “Economía Civil: eficiencia, equidad y felicidad
pública”.
El objetivo consiste en demostrar que la economía civil es la perspectiva mediante la cual pueden
comprenderse ciertos fenómenos o situaciones habitualmente difíciles de entender para otros
enfoques de la economía, como ocurre con la economía política.
Frente a las formas típicas y antagónicas de desarrollo, encarnadas por el Estado o el mercado,
se expone una visión diferente, que le otorga un rol importante a las organizaciones sin fines de
lucro (tercer sector), complementando así a la equidad y la eficiencia que se derivarían del accio-
nar del Estado y del mercado, respectivamente. Para la economía civil, el mercado debe ser un
sitio de encuentros civiles y civilizados; y, por qué no, de felicidad pública.


EN ESTE ARTÍCULO EL PROFESOR STEFANO ZAMAGNI, EN OCASIÓN DE SU PRESEN-
tación en Buenos Aires de su libro “Economía Civil: eficiencia, equidad
y felicidad pública” (Bruni y Zamagni, 2007), desarrolla una serie de conceptos
que están asociados a la economía civil y explica los motivos por los cuales este
enfoque de la disciplina económica puede ser útil para comprender los fenómenos
que existen en la actualidad.
Para muchas personas, la expresión economía civil es totalmente desconocida.
Sin embargo, ésta surgió hace muchos años; específicamente en 1753, cuando la
Universidad de Nápoles creó la primera cátedra mundial de economía, llamada
“Cátedra de Economía Civil y Mecánica”. El primer catedrático fue un hombre de
Salerno, Antonio Genovesi (1713-1769), y su libro fundamental se titulaba “Leccio-
nes de Economía Civil” (1765-1767).
Por lo tanto, el término economía civil no es un invento ni algo nuevo. De hecho, la
economía civil fue el enfoque económico dominante en Europa durante muchos
años. Allí, esta perspectiva se difundió desde el año 1753 hasta fines del siglo
XVIII1. Luego, este enfoque fue desapareciendo, cediéndole espacio a la economía
política. No obstante, en los últimos 25 años, la economía civil ha resurgido de
manera importante.
[ 1 ] Contrariamente, en Estados
Unidos esta perspectiva nunca
tuvo un peso relevante.

En este marco, existen dos preguntas esenciales para cualquier lector, a saber:
1. ¿Cuál es la diferencia básica entre el enfoque de la economía civil y el de la
economía política?
2. ¿Por qué en los últimos 25 años la perspectiva de la economía civil ha resurgido?
¿Cuáles son los factores que explican el creciente interés hacia la perspectiva de
la economía civil en Italia y en otros países?
A continuación, se intentará arrojar luz a estos interrogantes, a fin de que los lecto-
res comprendan con mayor claridad el significado del término economía civil.
2. Diferencias entre Economía Política y Economía Civil
Para responder a la primera pregunta, debemos remitirnos a los tres principios
básicos de cualquier orden social. El primero de ellos es el principio de cambio
de equivalentes (o contrato). De acuerdo con este principio, todo cuanto se da
o se recibe debe retribuirse con algo de igual valor. Por ejemplo, si una persona
da una lapicera, otro debe dar a cambio $5. Ahora bien, ¿cuál es el fin último del
principio de cambio de equivalentes? La respuesta es la eficiencia, entendida
como la ausencia de derroches producto de la maximización de funciones obje-
tivo sujetas a restricciones. De hecho, puede demostrarse que la asignación de los
recursos es eficiente en aquellas organizaciones socio-económicas en las cuales
existen relaciones interpersonales basadas en el principio de cambio de equiva-
lentes, el cual permite evitar cualquier derroche posible. Esto es verdaderamente
importante, dado que ningún sistema socio-económico puede ser sustentable si
no es eficiente.
El segundo principio básico de un orden social es el principio de redistribución,
que se refiere a que no es suficiente para un sistema económico la generación de
riqueza (ingreso), sino que es necesario que la riqueza sea redistribuida de modo
tal de garantizar la equidad (es el fin último de la redistribución). Por garantizar
la equidad se entiende dar a cada persona la posibilidad de participar en el siste-
ma económico; lo cual exige que los individuos tengan recursos suficientes, algo
que no siempre garantiza el mercado. Por lo tanto, el principio de redistribución
sugiere que, para ser sustentable en el largo plazo, un sistema económico tiene
que garantizar la equidad. Y ello, no sólo por razones de índole ética fáciles de
comprender, sino también por razones estrictamente económicas: es el sistema de
mercado mismo el que no puede funcionar bien por mucho tiempo cuando frac-
ciones importantes de quienes lo integran tienen vedado el acceso al mercado por
carencia de poder adquisitivo.
El tercer principio de un orden social es el principio de reciprocidad. Muchas per-
sonas confunden el principio de reciprocidad con el principio de cambio, cuando
en realidad son diferentes. El principio de cambio está basado sobre el concepto
de equivalencia, mientras que el principio de reciprocidad se basa en el concepto
de proporcionalidad. Veamos dos ejemplos para clarificar estos conceptos. En el
principio de cambio de equivalentes, uno afirmaría “si este es el precio, yo le doy este
objeto si usted me paga u$s 3; si usted no me paga u$s 3, yo no le doy esto”; mientras que
en el principio de reciprocidad, uno diría “yo lo ayudo porque usted puede ayudar a
otras personas; no sólo a mí, sino a otras personas”. En este sentido, el fin último de
la reciprocidad es la fraternidad. Como es sabido, la palabra fraternidad fue muy
utilizada en las ciencias sociales y económicas. Incluso, en la bandera de la Revo-
lución Francesa estuvo escrito “liberté, igualité, fraternité” (“libertad, igualdad,
fraternidad”). El concepto fraternidad fue muy difundido en Europa y América
Latina hasta fines del siglo XVIII, pero después de la Revolución Francesa fue
olvidado, porque el Ministro del Interior de la Francia post revolucionaria firmó
un decreto mediante el cual se prohibía el uso de la palabra fraternidad.
Una vez aclarado esto, es preciso señalar que la economía civil es una perspectiva
de estudio que intenta reunir los tres principios a la vez; mientras que la economía
política se ha ocupado sólo de los principios de cambio de equivalentes y de redis-
tribución, cediéndole a la sociología, antropología y psicología social el principio de
reciprocidad y, por ende, el concepto de fraternidad. Así se consumó la gran división
entre las ciencias sociales: la economía política se ocupa sólo de los dos primeros
principios, y las otras disciplinas sociales se ocupan del tercer principio. Este es
el origen de una de las consecuencias más lamentables para la ciencia económica,
como es el surgimiento de la (falsa) dicotomía Estado-Mercado.
Más allá de esta deficiencia de la economía política, lo cierto es que en nuestras
sociedades contemporáneas no se ha logrado todavía dar vida a un orden social
en el que puedan estar juntos los tres principios mencionados. Apenas se ha logra-
do traducirlos en ordenamientos constitucionales de a dos por vez. Si pudieran
ubicarse a estos tres principios como lados de un triángulo, tendríamos que un
vértice del mismo (cuando no se contempla la reciprocidad) representa al modelo
del Estado de Bienestar fuertemente arraigado en Occidente a partir de la Segun-
da Guerra Mundial. Bajo este sistema, el mercado produce de manera eficiente
y el Estado luego redistribuye según cánones de equidad. En este caso, los dos
principios que rigen al sistema son el cambio de equivalentes y la redistribución.
Otro vértice del triángulo representaría al denominado modelo neoliberal, muy
extendido en Estados Unidos. El modelo neoliberal se basa fundamentalmente en
el mercado y en el tercer sector (organizaciones non profit); mientras que el Estado
juega un papel muy secundario (debe ser mínimo) y sólo tiene que ocuparse de
garantizar el marco legal y regulatorio, la competencia, la eficiencia. En este caso,
los dos principios esenciales son el cambio de equivalentes y la reciprocidad.
Finalmente, el tercer vértice del triángulo representaría al modelo comunista. En
este esquema, los dos principios esenciales son la redistribución y la reciprocidad,
en tanto que el principio de cambio de equivalentes (contratos) se encuentra mini-
mizado, lo que deriva en un fuerte deterioro de la eficiencia.
Para resumir la respuesta a la primera pregunta, debemos indicar que la diferencia
básica entre las perspectivas de la economía política y de la economía civil, es
que la primera considera sólo dos principios (y no los tres) que hacen al orden
social. De este modo, el análisis de la economía política no es equivocado, sino que
es parcial, reduccionista. Por un lado, el modelo del Estado de Bienestar no considera
el papel de la sociedad civil (que promueve la reciprocidad). Por su parte, el modelo
neoliberal no considera el papel del Estado (que se encarga de la redistribución).
Finalmente, el modelo comunista no considera el papel del Mercado (que facilita
cambio de equivalentes y la eficiencia). Entonces, los tres modelos básicos son reduc-
cionistas, en el sentido que, de los tres principios, consideran sólo dos a la vez.

Ahora, el objetivo de la economía civil debe quedar más claro: juntar simultánea-
mente a los tres principios. Garantizar la eficiencia, la equidad y la fraternidad
es el desafío cultural y político de la economía civil de cara hacia el futuro.
Esto es posible, porque en el pasado así lo fue: hasta fines del siglo XVIII, la
economía civil dominó la escena y después, por razones históricas, el pasaje de
la economía civil a la economía política modificó la situación. Entonces, desde
un punto de vista histórico, no se puede decir que alcanzar este objetivo sea una
utopía, aún cuando sea difícil. En síntesis, el reto de la economía civil consiste en
organizar a la sociedad (y, en particular, a la economía) de manera tal que los tres
principios puedan ser realizados a la vez, evitando que dos de ellos se cumplan
a expensas del tercero.
3. Factores que explican el creciente interés por la economía civil en
los últimos 25 años
Durante un largo tiempo, muchos economistas han venido enseñando la econo-
mía política en los cursos universitarios, sin siquiera hacer una sola referencia a la
perspectiva de la economía civil. Sin embargo, cada vez hay más profesionales que
consideran que “no se puede continuar de la misma manera”. ¿Qué factores estarían
explicando el creciente interés hacia la perspectiva de la economía civil? Existen
principalmente tres razones que fundamentan este cambio de pensamiento.

El primer motivo es la aparición del fenómeno conocido como globalización. La
idea básica es que la globalización ha introducido una nueva competencia a nivel
mundial que es peligrosa, ya que si bien aumenta la eficiencia, también contribuye
a incrementar las desigualdades a nivel mundial. Muchas personas, incluidos los
economistas neoliberales, consideran esto como un problema muy serio, porque si
no hay equidad, el mecanismo de mercado no puede funcionar. No sólo conviene
eliminar las desigualdades por razones éticas y morales (que son muy importan-
tes), sino por una razón económica: si no hay equidad, un grupo de personas (o
países) queda excluido de la economía de mercado y, entonces, el mismo meca-
nismo de mercado estará creando la base de su desaparición. El problema es más
grave si se lo analiza desde una perspectiva histórica. Antes de la globalización,
las economías fueron nacionales, y en una economía nacional, el Estado podía
compensar: si el mercado provocaba algo inoportuno para el bienestar general, el
Estado intervenía para contrarrestar esa acción. En un contexto global, el Estado
no puede hacer demasiado, porque el poder de los Estados nacionales no es el
mismo que existía antes. Por ejemplo, los Estados nacionales no tienen la misma
capacidad de controlar su tipo de cambio o sus tasas de interés. Así, muchos
economistas que tienen responsabilidades políticas o sociales, se convencen cada
vez más de la conveniencia de modificar la perspectiva de análisis que provee la
economía política, ya que la globalización podría generar tanta desigualdad que
acabaría complicando la viabilidad del sistema económico vigente.
La segunda razón para el creciente interés por la economía civil se relaciona con
la emergencia de un nuevo tipo de conflicto, que es el conflicto de la identidad.
Cuando en economía se habla de conflicto, típicamente se piensa en el conflicto de
intereses, encarnado en la lucha de clases descripta por Karl Marx. No obstante,
las sociedades actuales presentan nuevas formas de conflicto. En particular, la
forma más importante es el conflicto de identidad, que es completamente diferente
al conflicto de interés. De hecho, un conflicto de intereses se despliega en función
del tener, en tanto que el conflicto de identidad descansa sobre la dimensión del
ser. Ser o no ser es un conflicto de identidad religiosa, por ejemplo, pero también
puede ser de identidad de género, o de identidad cultural. Lo novedoso es que
el conflicto de intereses se suscita entre quien tiene más y quien tiene menos (o
entre quien está dentro y quien está fuera del mercado de trabajo), mientras que
en el conflicto de identidad está en juego la dimensión espiritual de la persona.
Es decir que, en la actualidad, el nuevo conflicto está relacionado con el concepto
de respeto que existe en la sociedad. Volviendo al conflicto de identidad religiosa,
podemos citar a los miles de musulmanes o hinduistas inmigrantes que exigen el
reconocimiento de su identidad en el ámbito público. Estos conflictos de identidad
no pueden ser resueltos pagando con dinero; en efecto, suelen aumentar cuando
se busca resolverlos de este modo. Pregúntese a un musulmán ¿cuánto dinero quiere
para renunciar al 30% del Corán?. Él seguramente contestará usted me está ofendiendo
y posiblemente tenga una reacción violenta. Es un problema de no reconocer a los
musulmanes en su especificidad. Entonces, para resolver el conflicto de identidad,
concluimos que el principio de cambio de equivalentes no funciona.
Diversos economistas piensan que con el cambio de equivalentes (el pago de dine-
ro) se pueden resolver los conflictos de identidad, y eso no es verdad. Tampoco el
Estado puede resolver el conflicto de identidad, porque con la redistribución no se
resuelve. Para resolver el conflicto de identidad, se debe aplicar el principio de reci-
procidad, y esta es la segunda razón por la cual hoy se habla de reciprocidad. En los
últimos 10 años, se han producido a nivel mundial casi 200 libros de economistas
que hablan de reciprocidad. ¿Por qué en el pasado ningún economista hablaba de
reciprocidad? Porque ahora comprendieron que hay conflictos en nuestra sociedad
que no pueden resolverse con el principio de cambio de equivalentes ni con el
principio de redistribución del Estado. Para solucionar estos problemas, es preciso
emplear la reciprocidad, que significa una particular forma de fraternidad.
Para entender la tercera razón por la cual ha crecido el interés por la economía
civil, uno debe remitirse a la aparición de lo que se dio a conocer en la literatura
económica como “la paradoja de la felicidad”. Esta paradoja fue descubierta en
1974 por el economista norteamericano Richard Easterlin y surgió de contrastar la
relación existente entre el ingreso per cápita y un indicador sintético de la felicidad.
El indicador sintético de la felicidad surge de combinar factores objetivos (como la
tasa de suicidios, el consumo de psicofármacos, el número de depresiones, ruptu-
ras familiares, etc.), junto con indicadores subjetivos, basados en cuestionarios del
tipo “¿está contento en su trabajo? ¿prefiere tener un salario mayor a fin de mes o trabajar
en un lugar en donde lo respeten más?”. El gráfico que se obtiene al comparar ambas
variables (felicidad e ingreso per cápita) es el de una parábola: hasta un nivel de
ingreso per cápita crítico, que en Estados Unidos fue considerado de u$s 32.000 por
persona, los aumentos del ingreso siempre incrementan la felicidad; pero después
de este nivel crítico, un ulterior aumento del ingreso per cápita no incrementa la
felicidad, sino que incluso puede reducirla. Esta es la razón por la cual se llama
“paradoja” (que en griego significa sorpresa). Por muchos años, los economistas
han afirmado que los individuos buscan maximizar la riqueza para maximizar su
utilidad (satisfacción), porque si somos más ricos, somos más felices. Pero el tramo
plano y levemente descendente de la curva de la paradoja después del ingreso per
cápita crítico es una contradicción a esta tesis. Si se lo lleva a la realidad, los países
avanzados están a la derecha del nivel crítico, mientras que los países en desarrollo
o pobres se encuentran a la izquierda de este umbral. Por lo tanto, los países pobres
tienen la necesidad de aumentar el ingreso per cápita, ya que la infelicidad de sus
habitantes se debería a que no tienen suficientes ingresos. Pero los países avanza-
dos como Estados Unidos, Canadá, Italia, etc., que están a la derecha de su umbral,
no aumentarían la felicidad de sus habitantes si incrementaran el ingreso. Este
problema es serio, porque no se trata de una teoría, sino de un hecho estadístico.
Es sorprendente ver las respuestas de las personas encuestadas para el índice de la
felicidad; mucha gente dice “nosotros preferimos tener un salario menor, pero más res-
peto; por ejemplo, condiciones de trabajo más humanas”. En este contexto, uno se podría
preguntar ¿cuál es la legitimidad social de un sistema económico que aumenta la
riqueza pero hace disminuir la felicidad? Como es sabido, Aristóteles fue el prime-
ro en decir que el fin por el que nosotros vivimos es la felicidad. Si se ha creado un
sistema que genera riqueza y no proporciona felicidad, entonces este sistema va a
carecer de legitimidad social y política.
Hay muchas interpretaciones de la paradoja de la felicidad. Para comprender la
interpretación de la economía civil, se debe reconocer primero que el bienestar, o
la felicidad, es la combinación de bienes materiales y bienes relacionales. Los
bienes relacionales son bienes como la palabra, cuya utilidad está ligada a la relación
interpersonal y suelen ser intangibles; la amistad o el amor son otros ejemplos de
bienes relacionales. Una de las personas que definió a los bienes relacionales fue
Carole Uhlaner (1989), quien señaló que son bienes que “sólo pueden ser poseídos
a través de entendimientos recíprocos, que entran en vigencia después de la adopción de
adecuadas acciones conjuntas, emprendidas por una persona junto a otras no arbitrarias”.
La perspectiva de la economía política, siempre consideró para el bienestar al com-
ponente material, y nunca consideró al componente relacional. Desde la economía
civil, es posible comprender la paradoja de la felicidad: el tramo descendente de la
curva se debe a que para obtener más ingreso la gente tiene que trabajar más, y si
se trabaja más, no se dispone del tiempo necesario para invertirlo en las relaciones
interpersonales. Esto significa que la sociedad actual tiene una escasez, que no es
una escasez material como en el pasado (cuando no había suficientes alimentos
para todos), sino que hay escasez social, que es de tipo relacional. Así, es posible
comprender por qué los principios del cambio de equivalentes y de redistribución
no pueden explicar la paradoja de la felicidad y, por ende, la realidad en la que vivi-
mos. El principio de reciprocidad es necesario para obtener bienes relacionales y la
aplicación de este principio es lo que puede aumentar la felicidad de la población.
En suma, la globalización, el conflicto de la identidad y la paradoja de la felici-
dad, son las razones por las cuales ha ido creciendo recientemente el interés por
la perspectiva de estudio de la economía civil. Basándose en la economía políti-
ca, muchos economistas no logran comprender los fenómenos que acontecen en la
actualidad, porque para comprenderlos, se necesita tener en cuenta al principio de
la reciprocidad. Esto no quiere decir que la economía civil niegue la importancia
del cambio de equivalentes o de la redistribución. Para la economía civil, el cambio
de equivalentes y la redistribución son principios necesarios pero no suficientes
para lograr una sociedad feliz y legitimada socialmente. Para conseguir tal obje-
tivo, a la eficiencia y a la equidad hay que añadirle la fraternidad, pues una
sociedad que es justa y/o eficiente pero no fraterna, es una mala sociedad. Cuba
es una sociedad justa, porque todos están más o menos al mismo nivel, pero no
es una sociedad fraterna, y esta es la razón por la cual si se les diera la libertad de
elección a los cubanos, ellos se irían del país. Allí, el principio de reciprocidad no
se aplica y, por ende, no hay fraternidad.

 4. Consecuencias prácticas de adoptar la perspectiva de la economía civil
Una primera consecuencia práctica de adoptar el enfoque de la economía civil es
que debemos pluralizar el mercado; es decir, facilitar las condiciones para que
operen distintos tipos de empresas: capitalistas, sociales y civiles. ¿Cuál es la dife-
rencia básica entre estos tres tipos de empresas? Por un lado, la empresa capitalista
es aquella donde el capital controla (en el sentido técnico) al trabajo. En la empresa
social, el trabajo controla al capital. En la empresa civil, tiene que haber una estruc-
tura de gobierno interna en la empresa en la cual están representados los intereses
de las diferentes clases. Un ejemplo de empresa social es una cooperativa, mientras
que una empresa civil puede ser una fundación. De esta manera, la competencia no
debe ser sólo entre empresas del mismo tipo, sino que también debe haber compe-
tencia entre distintos tipos de empresas. Hay que dejar la libertad de elección a los
ciudadanos y que cada uno decida si prefiere trabajar en una empresa capitalista,
social o civil. Hoy, en muchas sociedades (incluida la argentina), dicha libertad no
está presente, porque prácticamente el único tipo de empresa es la capitalista; o está
la ley sobre empresa cooperativa, pero es una ley un tanto anticuada, que debe ser
aggiornada. Y no hay, por ejemplo, una ley sobre las asociaciones; está la ley sobre
las fundaciones, pero no sobre las asociaciones. Esta es una falla muy grave, que
impide el pluralismo del mercado. Por el contrario, países como Italia, Francia, Bél-
gica o Alemania son ejemplos de Estados en los que ya existe una legislación que
favorece el pluralismo de las formas institucionales de las empresas, facilitando la
existencia de firmas capitalistas, cooperativas y sociales.
El segundo corolario práctico de adoptar esta perspectiva es la necesidad de ir
hacia un modelo de democracia deliberativa. Como es sabido, la palabra demo-
cracia es muy antigua, aunque a lo largo del tiempo se han producido diferentes
modelos de democracia. El modelo que todavía existe es el que se llama “elitista-
competitivo”, desarrollado por Max Weber (un excelente economista alemán) y
Joseph Schumpeter (un gran economista austríaco). La idea básica de este modelo
es que, por un lado, las empresas administran los mercados y los gobiernos regu-
lan a las empresas; en tanto, paralelamente, las burocracias de diferentes tipos
dirigen la administración pública, y el gobierno controla y regula la democracia.
En la democracia elitista-competitiva, el partido o el jefe que ha vencido en la elec-
ción, no necesariamente se ve obligado a cumplir con sus promesas ex post. Esta
es la razón por la cual los políticos hacen promesas antes de las elecciones y des-
pués cambian de ideas. Esto no ocurre solamente en la Argentina; es algo común
también en otros países, porque es el principio básico de la democracia elitista-
competitiva, que brinda la posibilidad de vencer en la elección y, luego, modificar
las promesas según las circunstancias.
El modelo elitista-competitivo es muy interesante y tiene muchas virtudes, pero
hoy es obsoleto. La vida democrática no tiene que ver sólo con ciertos mecanismos
representativos o con la posibilidad de defender intereses, sino que involucra la
definición de un espacio de garantías y derechos. La sociedad debe ir hacia una
democracia deliberativa, en la que el principio básico es la capacidad de convencer (la
persuasión y el consenso). En este modelo, cada político es libre de proponer una
plataforma, pero ex ante tiene que dar las razones de lo que propone y explicar la
cadena de consecuencias asociada a cada una de sus promesas. Por ejemplo, en la
actualidad, un político afirma “si ustedes me votan, yo prometo bajar los impuestos”;
mientras que en la democracia deliberativa, el político debería decir “yo voy a bajar
los impuestos en un 3%, el corolario será que el fisco va a obtener menores ingresos por,
digamos, u$s 10 millones y, como consecuencia de esta disminución, voy a ajustar los
gastos en la salud en u$s 1 millón (o en la educación, por ejemplo). Si reduzco los gastos
de la salud en esa cuantía, el resultado es que no va a haber las suficientes camas en los
hospitales, etc.”. De esta manera, si el político explica la cadena de consecuencias de
sus medidas, los ciudadanos pueden comprender y decidir cuál es la plataforma
que prefieren, de forma tal que el político no tiene que hacer propaganda de sus
propuestas, sino estudiar y explicar las consecuencias que están ligadas a las mis-
mas. La perspectiva de la democracia deliberativa hoy es necesaria si se desea que
los ciudadanos participen en el “juego político”.
Por último, una tercera implicancia concreta que se deriva del enfoque de la eco-
nomía civil, es que se debe modificar la idea asistencialista relacionada con el uso
del dinero público. De acuerdo a la perspectiva de la economía civil, el dinero
público tiene que financiar políticas de mejoramiento de la capacidad de vida
de las personas, es decir, las capabilities de los ciudadanos. La economía civil
entiende que la redistribución es buena siempre y cuando incremente la capaci-
dad de vida (capabilities) de las personas. La otra perspectiva, la asistencialista,
que sugiere “dar pan a la persona que pasa hambre”, no respeta la dignidad de las
personas. Es evidente que si un animal pasa hambre, al recibir alimento va a estar
feliz; pero si una persona tiene hambre y se usa el dinero público para darle pan,
esa persona no estará contenta, porque nosotros (los humanos) tenemos dignidad.
Si a una persona se le sustrae la dignidad, que significa la estima en si mismo, es
el fin; porque la persona no puede vivir como un animal. Muchas personas, pro-
bablemente en Buenos Aires, no coinciden con esto y piensan en donar su dinero
para los más pobres; pero no comprenden que los pobres tienen su dignidad y no
se puede ofender la dignidad de las personas sólo porque sean pobres.
En conclusión, la economía civil no posee un discurso abstracto, sino un discurso
práctico, que tiene consecuencias concretas al nivel del sistema político y, particu-
larmente, al nivel del sistema económico, en el sentido de generar pluralidad, una
democracia deliberativa y el uso de fondos públicos para promover el mejoramien-
to de la capacidad de vida (capabilities) de las personas.
5. Comentario Final
En este artículo, se ha tratado de hacer notar que la economía civil es la perspec-
tiva mediante la cual se restablece la importancia del principio de la reciprocidad,
tanto para comprender los fenómenos actuales así como para modificar ciertos
aspectos de la realidad que pueden afectar negativamente a la sociedad. Frente a
las formas típicas del Estado y del mercado, se ha expuesto un camino de desarro-
llo diferente, que le da importancia también a las organizaciones sin fines de lucro
(tercer sector), de forma tal de complementar los efectos de la eficiencia (producto
del mercado) y de la equidad (como resultado de la redistribución). En este marco,
se procura hacer del mercado un sitio de encuentros civiles y civilizados y, por qué
no, de felicidad pública.
Algunos lectores podrán creer que las ideas aquí expuestas son utópicas. De ser así,
deberían considerar que en el pasado, en otro marco histórico, la economía civil
existió, por lo que no puede considerársela lisa y llanamente como una utopía. En
todo caso, es preferible ser utópico que distópico. Para aquel desprevenido, con-
viene aclarar que la distopía es lo contrario de la utopía; es la actitud de lo que el
filósofo holandés Spinoza llamaba las pasiones tristes. Hay muchas personas cuyo
comportamiento y aún su vida están dominadas por las pasiones tristes; son pasio-
nes que dicen no se puede hacer nada, el mundo no se puede cambiar. Sería deseable que
la sociedad tenga confianza en si misma para comprender la realidad y modifi-
carla, aún cuando en un primer momento parezca difícil. Por eso, si se debe elegir
entre la utopía o distopía, el autor siempre elegiría a la primera de ellas.

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