Las armas de la conquista de america
Autor: Altilio Vicente
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Desmistificando la historia políticamente correcta
Los europeos, en realidad, tropezaron con América ya que, iban en busca de las Indias del oriente lejano, por nuevos caminos impuestos por las circunstancias políticas en el extremo oriental de Europa. Las usuales rutas terrestres se encontraban controladas por los turcos luego de la caída de Constantinopla en 1453. Estos impedían el paso de los mercaderes o imponían elevados tributos. España y Portugal fueron pioneros en la búsqueda de nuevas rutas marítimas que pudieran acercarlos al destino codiciado. Portugal, incluso, fue la primera potencia marítima europea en comercializar con plazas situadas a grandes distancias, mercaderías de consumo masivo como granos, vino y aceite, y no sólo productos de alto valor como las especias, metales o piedras preciosas.
La denominada ruta de la seda que desde Xi’an en la China llegaba a las puertas de Europa en Constantinopla (hoy Estambul), y que estaba constituida por una intrincada red de caminos que atravesaban la India, Antioquia en Siria y gran parte de la península arábiga, también, en gran medida, se encontraba bajo control musulmán. Europa estaba “aislada” de Oriente.
Ante la nueva situación geopolítica Portugal inicia exploraciones marítimas hacia el sur y España lo hace hacia el oeste. El continente americano se interpuso en el camino y así fue como lo “descubrieron”.
La exploración y conquista de lo que se denominó las Indias Occidentales significó, al principio, un gran esfuerzo, debido al necesario despliegue político militar, en el que las armas y metodología de combate de los recién llegados compitieron con éxito frente a las que podían presentar en esporádicas resistencias, los pueblos originarios en los distintos territorios motivo de conquista y dominio. Los recién llegados venían con una larga experiencia guerrera, mientras que la de los pueblos americanos, apenas se reducía a la que el ambiente puede proporcionar en la lucha por la diaria supervivencia. Hubo algunas excepciones en México y Perú pero, lo único que lograron fue alargar una sangrienta agonía. Sin embargo, el éxito militar era apenas el principio de un largo proceso. Un proceso que, si se deseaba asegurar en un largo dominio, no podía basarse únicamente en una lid de arcabuces, armaduras y artillería, contra flechas, hondas y rústicas lanzas.
Europa sabía que la verdadera conquista, si querían que fuera duradera, debía ser cultural y espiritual. La aculturización y transculturización de los nuevos vasallos debía ser simultánea.
A través de una violenta y drástica imposición colonizadora, la norma fue que debían ser despojados de su propia cultura y, al mismo tiempo, sometidos a una transferencia de valores, hábitos y costumbres propias. Una suerte de difusionismo impuesto, que nada tenía de intercambio y adaptación cultural. Incluso fueron desoídas algunas escasas voces
humanísticas, que reconocían la valiosa “otredad” que descubrían en los nuevos territorios y pedían respetar la variada y culta civilización que encontraban a cada paso. La “otredad” que se puede interpretar para designar hombres y manifestaciones diferentes -de un lado la visión de
los indios americanos y del otro la visión europea- nunca figuró en el “manual del conquistador”, posiblemente, con única excepción: Arcadia perdida que los misioneros jesuitas, aún sin violar las normas reales, pretendieron construir en la selva guaraní.
Se debían imponer los principios morales y religiosos de los amos y, por sobre todo, un ordenamiento jerárquico a respetar, copiado del europeo. La experiencia fallida de las distintas Cruzadas al oriente medio, cuyo broche final fue la caída de San Juan de Acre en 129l en manos de los musulmanes, les demostró algo que Napoleón iba a sincerar algunos siglos mas tarde, con la sencilla frase de que las bayonetas no sirven para sentarse encima.
Un nuevo orden jerárquico a través del arte
Retablos – La arquitectura
Así como en sus orígenes el cristianismo respaldó sus enseñanzas con innumerables figuras y pinturas religiosas –algo totalmente ajeno a la tradición judaica- como una forma de superar el analfabetismo generalizado, el arte se convirtió en un instrumento de dominio político y cultural en América. Un instrumento fundamental en la imposición de los nuevos símbolos del poder a ser respetado, en manos de la Iglesia, única institución capaz de llevar adelante tan colosal tarea.
En México las iglesias fueron construidas, en gran medida, sobre restos de anteriores templos indígenas. La majestuosa Catedral del Distrito Federal (1520) en el centro cívico de la ciudad se encuentra en el denominado zócalo, monumental plaza convertida en el centro del poder político, económico y religioso del México actual. Fue levantada en el lugar donde se alzaba un altar azteca dedicado a la diosa Coyolxauhqui que contenía las calaveras de las personas sacrificadas. El que era, ya en la época prehispánica, un gran espacio abierto, como parte del centro ceremonial de la capital azteca Tenochtitlan, del que apenas sobreviven unos pocos cimientos, es hoy sitio de referencia, protesta, ritos y fiestas cívicas y religiosas.
Fue la Iglesia el punto de partida para la conquista espiritual y, en la que la construcción de retablos adquirió una importancia fundamental. A través de ellos se podía resumir, mediante estatuas y figuras, una visión cristiana del entorno familiar y social, si bien de origen europeo, adecuado a las circunstancias del ambiente local. Los retablos fueron, en la práctica, grandes máquinas simbólicas que mostraban una jerarquía de poder religioso, político, social y familiar en el mundo.
A través de ellos se podía distinguir un primer plano superior ocupado por la Santísima Trinidad –Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo- la Virgen María y en un plano apenas inferior la de los Santos, Ángeles y Árcángeles. No faltaban tampoco los santos fundadores de órdenes religiosas, como San Francisco, Santo Domingo o San Ignacio de Loyola. Estos símbolos se trasladaban automáticamente al nivel político, ocupado por el conquistador español o portugués en primer lugar y la estructura familiar donde el aborigen ocupaba el último escalón de la tabla, y donde la mujer prácticamente no existía, así fuese española, india o mestiza.
Teniendo en cuenta que la conquista de América se efectuó con la fuerza de las armas y se debía consolidar con la de la religión, al imponer la fe de los conquistadores, en la práctica, se obligó a los indios a abandonar sus creencias ancestrales. La imágenes cumplían la doble función de hacerles olvidar sus ritos y adoptar el Dios de los españoles.
Se hicieron necesarias grandes celebraciones y misas a cielo abierto, ya que el interior de los templos no era suficiente. Además, la magnificencia de los grandes despliegues impresionaban en las mentes sencillas de la población autóctona.
Aquí también fueron útiles los grandes retablos, ya que a diferencia de Europa, con templos saturados en su interior con imágenes, en América, estos símbolos se construyeron en el exterior donde las fachadas de las Iglesias, en especial con la introducción del denominado Barroco Americano, constituyeron parte urbanística fundamental de las ciudades. Las estructuras salientes del frente de los templos se convertían además, en reparos frente a las lluvias ocasionales y el fuerte sol, y bajo los cuales los catequistas adoctrinaban a los nativos.
Basta recorrer el centro histórico de Quito o el de Lima, con las enormes construcciones de San Francisco, la Iglesia de la Compañía o las Catedrales sobre las respectivas Plazas de Armas para comprobar lo afirmado. Lima, la ciudad de los Virreyes, y Quito, una ciudad capital rebosante de tradición y cultura, constituyen un pedazo enorme de la controvertida historia de la América Hispana, de iglesias barrocas, silenciosas casas conventuales y caserones amurallados.
Son ejemplos palpables de cómo fue la conquista, el asentamiento material y religioso, que terminó integrándose en una suerte de sincretismo espiritual que aún hoy perduran en Perú, Ecuador, Guatemala, México, Bolivia, y en el noroeste de Argentina, por citar solamente los principales y mas evidentes testimonios históricos. Un sincretismo que pasó también por lo material, en especial a través de las construcciones cívicas y religiosas prehispánicas.
Mucho fue destruido para construir nuevos edificios públicos y religiosos de lo que habría de ser la Nueva España pero, otros muchos fueron literalmente abandonados –que el tiempo no pudo destruir del todo- y ahora son conservados como verdaderos tesoros arqueológicos. Sin dudas se piensa que hay mucho mas aún sin ser descubierto. Los especialistas afirman que en el Parque Nacional de Tikal en la selva del Petén en el norte de Guatemala -fronterizo con Chiapas en México- sólo se ha logrado limpiar, arqueológicamente hablando, una parcela limitada de lo que la vegetación aún atesora en un verde abrazo de siglos.
Teotihuacan, Chichen Itza en México, Tikal en el imperio Maya guatemalteco, Machu Pichu o las señales de Nazca en el Perú, nos muestran a través de los siglos, como la grandiosidad de la arquitectura de los pueblos originarios fue copiada y adecuada por los españoles. Repitiéndose, casi como una norma no escrita, la construcción de templos cristianos sobre los existentes al llegar los españoles. Posiblemente como una forma más de demostrar desde el inicio el poder superior del Dios de los cristianos. En Cuzco, la imponente Catedral está construida sobre un templo incaico y, su enorme mole de piedra rodeada por callejones empedrados, se alza frente a una espaciosa Plaza de Armas, útil para reuniones cívicas y religiosas que nos recuerda la Plaza del Zócalo en el centro de la capital mexicana. Estos grandes espacios de uso múltiple pero, principalmente dedicados a las demostraciones del poder
político y religioso, tiene mucha similitud con la importancia que en los colegios de los padres jesuitas habría de tener el patio, como centro de la actividad educativa y religiosa.
El Barroco Americano, presente en México a través de su propia Iglesia Catedral, desciende hacia el sur del continente. En Quito asombran el majestuoso pórtico de San Francisco y el frente de la Iglesia de San Ignacio y el artesonado de su nave central.
La pintura religiosa europea. Maestros y discípulos
Junto con la arquitectura la pintura fue fundamental en la difusión e imposición del cristianismo en América. Los maestros pintores llegados de Europa, con su carga cultural heredada de un estilo propio de las grandes catedrales y la influencia del barroco desarrollado en el viejo mundo, comenzaron con la formación de discípulos artesanos que, con el tiempo, se habrían de convertir en los maestros del barroco americano, un arte religioso autóctono. Serían incluso, fundadores de estilos propios como el de la denominada Escuela Cuzqueña.
En América la pintura se convirtió en una especie de catecismo de imágenes, en la misma senda cultural de los primeros cristianos, donde la influencia manierista traída por algunos maestros jesuitas, se puede identificar en algunas imágenes alargadas.
Entre las imágenes traídas desde Europa fue la Virgen María la que tuvo más rápida aceptación aunque, de acuerdo a las costumbres y tradiciones de los distintos pueblos nativos, su aspecto va cambiando sustancialmente. La Virgen María tiene una aceptación muy particular en el sur de América, entre los descendientes del imperio incaico, dentro de la cultura quechua, donde fue inmediatamente adoptada ya que se la comparaba con la Pachamama, la madre tierra, bienhechora del pueblo, al que provee de los frutos de la tierra, de las lluvias y el sol que la fertilizan.
Producto de la Escuela Cuzqueña una de las imágenes mas representativas de la devoción popular peruana es Nuestra Señora de Belén, conocida como Mamacha Belén, cuya presencia no puede ser omitida en las procesiones de Corpus Christi en el Cuzco, y cuya forma triangular en forma de montaña estaría evocando a la Pachamama de los antiguos peruanos.
La Virgen María podrá adoptar los nombres de Guadalupe en México, Caacupé en Paraguay, Iratí en la provincia de Corrientes o Virgen Negra en Bolivia pero, será siempre la misma, aunque con presentación propia de los lugares que la tradición y la creencia popular imponen. El resultado es el de imágenes europeas cargadas con rasgos y costumbres amerindias.
Los lánguidos ojos al estilo de la Gioconda, que imponen las enseñanzas de los maestros, son modificados por los artistas indígenas, que los convierten en redondos ojos americanos. En el Museo de Luján, en Buenos Aires, hay una imagen de la Virgen pintada sobre un boceto europeo, al que el pintor guaraní le modificó el rostro, delineándole ojos redondos. La obra está fechada en Tapua en 1617.
Dentro de la cultura maya, en Guatemala y aún hoy, se pueden encontrar ejemplos del sincretismo mencionado, con ceremonias religiosas donde el catolicismo ha debido fundirse con el rico y colorido ritual ancestral de la comunidad quiché y, donde la ciudad de Chichicastenango puede ser considerada su capital espiritual.
Son comunes las ceremonias acompañadas con cruces y estandartes que tienen pinturas con elementos de la Pasión mezclados con símbolos prehispánicos y, donde los sacerdotes oficiantes van acompañados frecuentemente por diáconos revestidos con vestimentas tradicionales y grandes entorchados con plumas, entre las que se destacan la del Quetzal, considerado en Guatemala como el pájaro de la libertad y cuya imagen está incluida en el escudo nacional.
Cuando en 1517 el monje agustino Martín Lucero hace públicas sus 95 tesis, iniciando la Reforma Protestante, América aún casi no existía para los europeos. El conflicto interreligioso era una cuestión del viejo continente. Las tesis luteranas de interpretación teológica, tienen una influencia considerablemente en lo que hace al ornato de las iglesias, haciendo un camino de retorno a las antiguas costumbres judías simplificando el uso de imágenes, dando a los templos un aspecto mas austero. Para enfrentarlo la Iglesia Romana reúne el Concilio de Trento (1545-1562) de cuyo seno surgen los lineamientos de la Contrarreforma, y de la que los Jesuitas habrían de ser sus mayores impulsores.
Los padres de la Compañía, campeones de la contrarreforma europea, son los que traen el Barroco a América. El recargado estilo, que en Europa fue la mano artística de la Contrarreforma, en América, se convertiría en una formidable herramienta de la conquista.
Los hijos de San Ignacio de Loyola integran un auténtico ejército anti-reforma y a través de una intensa labor levantan un verdadero muro artístico cultural. Lo que en el viejo mundo sirve para preservar la doctrina, en América será la base del `proyecto de dominio. Una manifestación artística en las que hasta los ángeles arcabuceros que se representan como custodios de la ciudad celestial, están en orden con las armas del conquistador, justificando y dando legitimidad a la conquista.
La Arcadia perdida. Las misiones jesuíticas en el Paraguay y norte de Argentina
Sin embargo en el extremo sur de América, en el sub trópico, la dominación hispánica habría de tener contornos diferenciados, debido, por un lado a la especial idiosincrasia de los pueblos de la región, los guaraníes y, por otro, a una metodología de conquista espiritual y social muy particular llevada a cabo por la Compañía de Jesús.
Los Mayas, Aztecas o Incas, tenían sociedades piramidales, que bien se ajustaban a las jerarquías que tenían los conquistadores europeos y, donde sólo había que cambiar el nombre
del príncipe indígena por el del nuevo amo.
La sociedad guaranítica, en cambio, tenía una organización horizontal, en el que la familia era la base de una sociedad política poco menos que cooperativa. Los jesuitas se encontraron con una realidad que bien se ajustaba a su doctrina de llegar al hombre a través de su propia cultura, trasplantando las raíces del Cristianismo pero, respetando, en lo posible, las maneras ancestrales de los lugareños. Primero aprendieron ellos el guaraní y tradujeron el Nuevo Testamento a la lengua de los pueblos originarios y luego, con paciencia y tesón, introdujeron el español como idioma base. No ignoraron las disposiciones de la metrópoli, sino que las adaptaron, evitando en lo posible el etnocidio cultural, como venía sucediendo en el resto del continente.
Pasaron cuatro siglos y una guerra (la de la Triple Alianza) poco menos que genocida y, el pueblo paraguayo –además de extensas zonas del norte de Argentina, como Corrientes, Chaco y Misiones- siguen siendo bilingües. Gracias a esa primera actitud de reconocimiento cultural y a la tarea realizada a posteriori por expertos filólogos religiosos y laicos, el idioma guaraní fue rescatado como lengua vigente y no fue a engrosar la larga lista de idiomas y dialectos desaparecidos.
La arquitectura religiosa en las provincias guaraníticas fue plana, con principal utilización de la madera que abundantemente brindaban los bosques cercanos. Restos que se conservan, como las ruinas de San Ignacio, demuestran que la utilización de la piedra fue algo complementario. Las iglesias levantadas en las misiones jesuíticas nada tenían que ver con el esplendor barroco de las Catedrales de México o Ecuador. Aquí los templos católicos no se levantaron con planos europeos sino respetando la tradición autóctona. La horizontalidad de la organización social de los guaraníes fue adoptada incluso en las construcciones religiosas.
Los padres de la Compañía enseñaron a tallar y pintar. Los guaraníes, en una primera impresión, “no tenían” antecedentes pictóricos. Sin embargo tenían una especial tradición al respecto, ya que la pintura la utilizaban en sus cuerpos. Había colores y estilos para pintarse el rostro y el torso en particular. No era lo mismo la pintura para una ceremonia nupcial que la guerrera, ocasiones en la que se pintaban de manera terrible, como para atemorizar al enemigo.
En las misiones guaraníticas se desarrolló la más importante escuela de talla de América. Los artistas locales aprenden de los españoles, pero imponen su sello particular y, aprovechan las formas del árbol, creando el estilo de las estatuas horcón.
Tal como se ha mencionado, la pintura asume modalidades y estilos americanos. Aún con bocetos originales de Europa, las imágenes –en especial las de la Virgen María- son modificadas en sus rasgos faciales. Los ojos redondos se parecen a los de las mujeres americanas y no al de las europeas. Las máscaras ceremoniales de los chamales son otra expresión del arte pictórico desarrollado, fundiéndose, incluso, con el arte de curar, que las parcialidades guaraníes relacionaban directamente con los espíritus del Bien y del Mal.
A diferencia de otros lugares de la América Hispano-Lusitana, los padres de la Compañía, aún respetando las ordenanzas reales, pretendieron llevar a la práctica la utopía de organizar en
los dominios guaraníticos, lo que muchos historiadores han dado en llamar el Reino de Dios en la Tierra, una suerte de Arcadia basada sobre las enseñanzas del Evangelio. Algo que se perdió totalmente luego de la expulsión, ya que, las órdenes religiosas que los reemplazaron fueron incapaces de continuar con la tarea emprendida, debido, principalmente, a que no tenían el espíritu que animaba a los hijos de San Ignacio.
A tal punto fue así que, aún hoy, en algunas misiones salesianas entre los Ayoreos, sobrevivientes de las matanzas organizadas por estancieros y militares - ya que matar a un indio no era delito- se les dificulta la tarea por el desconocimiento del idioma guaraní.
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Con la única excepción de las misiones jesuíticas guaraníes, la mirada fija y atemorizante de los Cristos desarrollados por las distintas escuelas del Barroco Americano fueron el instrumento más evidente de la imposición del orden político creado para el gobierno de la Nueva España.. Contrariando la propia doctrina asimilaron al Dios del amor del Cristianismo con los dioses atemorizantes del panteón griego. El Cristo Emperador de los inicios del cristianismo fue convertido en una imagen de la obediencia debida, civil y religiosa, al nuevo sistema. La enemistad con Dios fue asimilada a la resistencia al orden político, al igual que la reconciliación era una forma racional de aceptación del mismo.
Al final de su vida, el padre Las Casas escribe en su testamento, palabras que se encuentran a medio camino entre la profecía y la maldición: “E creo que por estas impías y celerosas e ignominiosas obras tan injusta, tiránica y barbáricamente hechas en ellas y contra ellas, Dios ha de derramar sobre España su furor de ira, porque toda ella ha comunicado y participado poco que mucho en las sangrientas riquezas robadas y tan usurpadas y mal habidas, y con tantos estragos e acabamiento de aquellas gentes”.
Posiblemente se pueda cambiar el nombre de España por el de Europa, ya que si bien aquella tuvo el papel principal en el etnocidio americano, fue entusiastamente acompañada poco que mucho, por el resto de los países europeos.
