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PERFILES: RAFAEL PIVIDAL

Autor: José Zanca

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Buenos Aires, 1896 – Buenos Aires, 1945.


Rafael Pividal cursó sus estudios de derecho en la Universidad de Buenos Aires, y al finalizarlos marchó a París, donde se doctoró en Ciencias Políticas en la Sorbona. Ejerció la docencia en la Universidad de Buenos Aires y dictó cursos de filosofía en distintos centros educativos de Argentina. En Francia participó del círculo de estudios de Jacques Maritain, con quién mantuvo una estrecha amistad. Si bien su obra bibliográfica no es extensa, participó en las revistas culturales más importantes de su época. Defensor del personalismo y del humanismo cristiano, enfrentó dentro del campo católico argentino a los adherentes y simpatizantes de los gobiernos totalitarios europeos. Para ese fín, desde fines de los años treinta dirigió la colección Nueva Cristiandad, en la que se editaban obras de carácter personalista y anti – totalitarias. Tradujo y prologó Tres reformadores de Maritain, y publicó en la colección mencionada obras del filósofo tomista francés, así como de León Bloy y Augusto J. Durelli. A principios de los años cuarenta impulsó la creación de la revista Orden Cristiano, y escribió su declaración de principios. La publicación fue un testimonio militante del catolicismo enrolado en la defensa de los valores democráticos y personalistas. Enamorado de la cultura francesa, dedicó uno de sus últimos escritos a celebrar la liberación de París. Murió a la corta edad de 51 años, en el convulsionado invierno argentino de 1945.


Al regreso de sus estudios europeos, Pividal publicó una extensa y erudita obra, El renacimiento del catolicismo en Francia. Alli describía detalladamente las ideas de los principales autores anticientificistas, que habían colaborado para el destronamiento del positivismo como filosofía del conocimiento y sentido común de los medios intelectuales franceses. Más allá de las particularidades del estudio, y con las categorías disponibles, Pividal lograba crear un ámbito de opinión autónomo de las ideas de jerarquía religiosa. Esto quedaba en evidencia por la selección y el análisis de los autores citados, muchos de ellos modernistas, como Le Roy, o cuyos libros se encontraban en el índex, como Bergson y Blondel. En la práctica intelectual de Pividal no hay temor de pasear por las fronteras y las lecturas “peligrosas”; y partiendo de un laico, esto no dejaba de tener cierto espíritu de hazaña. Su actitud parecía reconocer el derecho, que definiría más claramente Maritain en Acción Católica y Acción Política, a un espacio autónomo, una opinión pública al margen del dogma; un territorio en el cual los laicos pudieran ejercer la crítica.


La operación intelectual de Pividal consistía en rescatar al hombre del positivismo, criticándolo por su determinismo deshumanizante, por su negación del libre albedrío. Sólo sutilmente va a intentar rescatar al hombre como hombre, una tarea que hasta ese momento no se atrevía a expresarse en forma pública, por temor a ser condenado como naturalista. Pividal no pactaba con el siglo, ni daba lugar a dudas sobre su rechazo al modernismo. Toda la obra recorre el tópico de la reaparición del espiritu, de la revalorización de la metáfisica, y del regreso del concepto de indeterminación (en oposición a los principios biologicistas) de la voluntad humana. Sin embargo, este rechazo a los principios positivistas no implicaba la idealización de la Edad Media: “Los tomistas” señalaba, “son antimodernos en la medida en que prefieren el culto a Dios al culto al hombre [...] Pero no pretenden resucitar el pasado. Saben que el curso del tiempo es irreversible [...] Lo que quieren los católicos es infundir en el mundo de hoy los principios espirituales del cristianismo, informar su filosofía, sus ciencias, su economía, su política, su derecho, su arte”. (El renacimiento del catolicismo en Francia, p. 342)


En el prólogo a su traducción de Tres reformadores, de Maritain, Pividal reconocía que la obra de Maurras había abierto el camino a la reacción anti-liberal del autor, y aunque “...su inspiración es infinitamente más alta”, era innegable que “...gracias a ella ha encontrado el terreno preparado para que se recibiera sin estupor un crítica tan radical contra reputaciones literarias que parecían intangibles y, sobre todo, contra un sistema de ideas que pasaba como una conquista definitiva del progreso sobre otros sistemas cuyo principal defecto era el de ser anteriores en el tiempo” (Tres reformadores, p. 10) Siguiendo a Maritain, Pividal afirmaba la diferenciación tomista entre individuo y persona, oponiendo la idea de libertad propia del pensamiento moderno, basada en “la libre expansión de nuestros impulsos”, a la libertad cristiana, basada en la mortificación del egoismo, la abnegación del yo y la pérdida “en el abismo de Dios”. A pesar del reconocimiento del papel de Maurras en la obra destructiva del pensamiento hegemónico liberal, Pividal advertía que la solución del autoritarismo europeo no era sino una salida equivocada. Para un nuevo orden humano, afirmaba, “...aunque fuera el ‘orden latino’ a que aspira Maurrás, no puede bastar. Es inutil salir del naturalismo liberal para caer en un naturalismo autoritario...” (Ibid., p. 15)


El peso creciente del nacionalismo en las filas de la intelectualidad católica argentina llevó a Pividal a comprometerse en la lucha por la difusión del personalismo. En el marco de la Guerra Civil española (con profunda repercusión en Argentina), Pividal no disminuyó sus críticas al liberalismo, pero optó por enfocar sus mayores objeciones al bando nacionalista y fascista, por considerarlos más peligrosos para los derechos humanos básicos. En la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, Pividal encontró un espacio para difundir las ideas del personalismo, a medida que las principales publicaciones católicas adherían al autoritarismo político y eclesiástico, y a un marcado antisemitismo. En su artículo Católicos fascistas y católicos personalistas, Pividal retomaba su crítica al liberalismo, y a la reacción opuesta, a la que identificaba con el temor al avance de la clase obrera. Sobre el primero, afirmaba que el origen del egoismo moderno se encontraba en el centro del racionalismo cartesiano, dado que para esta mirada “...existe una sabiduría natural, independiente del dato revelado, una ciencia perfecta de los actos humanos asequible a la sola razón, por ello el hombre alcanza una prosperidad perfecta aquí abajo, sin perjuicio de la beatitud perfecta en el cielo. Desde entonces podrá servir a dos señores que San Mateo decía incompatibles; a Dios y a las riquezas...” (“Católicos fascistas y católicos personalistas”, p. 90). Sin embargo, cuando los trabajadores se organizaron en partidos para defenderse del capitalismo, y lo hicieron en partidos no cristianos, la reacción del catolicismo frente a los seguidores de la izquierda no fue otra que “...la defensa, más deber de aguerrirse y montar guardia sobre la ciudadela de nuestra religión”. Estos cristianos, afirmaba Pividal, proponen colaborar con movimientos autoritarios y abominan del liberalismo “.. a quién cargan todas las culpas, como el cabrón de los hebreos, sin ver que el liberalismo no tenía por qué suplir nuestras carencias, ni nos impedía hacer nuestro trabajo. Quieren un orden autoritario y hasta tiránico, fuertemente estructurado sobre diferencias de clase, pues el pobre es digno de todo amor mientras acepta su rango”. En síntesis, Pividal desplegó durante la conflictiva década del treinta, una lucha sin cuartel contra quienes “Odian la libertad de pensar, como si el pensamiento pudiera suprimirse y persiguen la cristianización de las masas imponiendo la enseñanza cristiana, como si la religión fuera cuestión de catecismo” (Ibid., p. 91).


En 1941 aparecía el primer número de Orden Cristiano, un emergente de la crisis del campo católico, cruzado por el posicionamiento frente a la Segunda Guerra y los movimientos fascistas. Rafael Pividal funcionó como inspirador de la publicación, y redactó la declaración de principios. Allí Pividal afirmaba que el peligro para los cristianos “...no viene siempre de afuera, sino del seno mismo de la comunidad [...] y son a veces las herejías más destructivas”. Sus opositores, los católicos nacionalistas “...toman al catolicismo como un partido y no como la religión de la Verdad” sosteniendo que los que pretenden enfeudarlo en esas “...divisiones geográficas, raciales o culturales obedecen a inclinaciones que no tienen nada que ver con el puro amor a Dios”.


La declaración avanzaba en una reivindicación mucho más explícita del humanismo cristiano. Si la primera ley era amar a Dios sobre todas las cosas “...el segundo es amar al prójimo como a sí mismo”. “En la base de la cultura cristiana está el concepto cristiano del hombre, la antropología cristiana”, que no es partidaria ni de la “bondad absoluta” (como la de Rousseau), ni absolutamente pesimista (como la de Freud) “...en el que el hombre está sujeto a las tristezas del pecado. Alguien ha dicho con verdad que ser cristiano es ser un santo”. Retomando a Maritain, Pividal criticaba a los católicos por su inconstancia: “Las ideas que forman el programa del liberalismo respecto del individuo: tolerancia civil, justicia entre los hombres, paz internacional, son ideas cristianas. Si es cierto que estas ideas han sido desafectadas y puestas al servicio de una falsa filosofía, no es menos cierto que son buenas en sí mismas y que son producto del fermento evangélico puesto por Cristo en la Sociedad...” (“Orden Cristiano”, p. 3). La postura de Pividal respecto a la libertad del hombre se mantuvo incolumne en su filosofía y acción política: sostuvo su oposición al positivismo por su determinismo, y al nacionalismo por su naturalismo autoritario.

Bibliografia:

El renacimiento del catolicismo en Francia. Contribución al estudio de sus causas, F. A. Colombo, Buenos Aires, 1931; (trad.) Tres Reformadores. Lutero, Descartes, Rousseau, Buenos Aires, Editorial Santa Catalina, 1945, “Católicos fascistas y católicos personalistas”, Sur, nº 35, 1937; “Un ministro nacionalista insulta a Maritain”, Sur, nº 47, 1938; “La balanza y la espada”, Sur, nº 61, 1939, “Orden Cristiano”, Orden Cristiano, Nº 1, 1941, “Nota sobre un francés dilecto”, Orden Cristiano, nº 73, 1944; Sobre Pividal y el contexto del personalismo argentino antes de 1945, véase Martínez Paz, Fernando, Maritain política e ideología. Revolución cristiana en la Argentina, Ed. Nahuel, Buenos Aires, 1966; Parera, Ricardo, Los demócratas cristianos argentinos: testimonio de una experiencia política, 2 Vol., Buenos Aires, Ed. Leonardo Buschi, 1986Caimari, Lila M., Perón y la Iglesia Católica. Religión, Estado y sociedad en la Argentina (1943 - 1955), Buenos Aires, Ariel, 1994; Di Stefano, R.oberto y Zanatta, Loris, Historia de la Iglesia Argentina: desde la conquista hasta fines del siglo XX, Buenos Aires, Grijalbo, 2000.